En Centro Cultural Domingo Giuffra es un templo del vals criollo peruano, un ritmo musical donde se adapta el vals europeo a un estilo más alegre, divertido y coqueto, un sincretismo cultural que refleja la resistencia y adaptación de los peruanos luego de la colonia.
En cada paso la nostalgia y la elegancia se juntan, los cuerpos giran al ritmo de guitarra y de cajón, mientras una voz entonada va contando y cantando historias de la Lima antigua, de los barrios popular y de los amores perdidos.
Este espacio es más un templo con filigreses que se reunen cada domingo como a una misa alegre. Donde se comparte comida, bebida y música. Y el uso del verbo compartir no es metáfora, porque cualquiera que desee cantar se levanta, pide la nota al guitarrista y se lanza a cantar, sin más trámites.
Durante tres o cuatro horas a la semana no hay jerarquías. Doña Juanita se pone a bailar con don Elmer, y la señora Clara se lanza al ruedo con don Javier. Todos vienen de distintas partes de Lima, y todos se encuentran con el único objetivo de escuchar un vals, bailarlo, a veces llorarlo, pero siempre vivirlo intensamente.
“A nuestra edad, esta es la mejor forma de divertirnos”, dice doña Juanita quien canta con una voz entrecortada por el recuerdo de ciertas ausencias.
Fotos: Miguel Gutierrez – Miraviento













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